La singularidad tecnológica: la última batalla del liberalismo

La singularidad tecnológica: la última batalla del liberalismo

La singularidad tecnológica será la herramienta que nos permita liberar a las sociedades del poder excesivo y opresor de los Estados.

Ya nos libramos de la religión gracias a la ciencia y hoy en día la religión es lo que siempre tenía que haber sido, una costumbre, una tradición, parte de nuestra cultura, pero no lo que dirige nuestras vidas

También nos libramos de los reyes, gracias a la democracia y hoy en día las monarquías son una institución sin poder alguno, sujetas al control de los parlamentos democráticos, las monarquías son otra tradición, como mucho son embajadores de alto nivel, nada mas

La singularidad tecnológica nos traerá Estados sin apenas poder, con ciudadanos con altos niveles de renta y con mucha mas libertad individual que la que hayamos tenido nunca, jornadas laborales muy reducidas, trabajos mucho mas cómodos que ahora, grandes diferencias de renta entre los mas productivos y los mas ociosos. Básicamente trabajará el que quiera, eso sí el que no trabaje tendrá pocos ingresos y mucho tiempo libre

La singularidad tecnológica: la última batalla del liberalismo

Eladio García 05/02/2016

No será a través del convencimiento, el proselitismo o la pedagogía como los liberales acabaremos ganando la guerra que nos enfrenta desde hace siglos con los socialistas y los colectivistas. No les ganaremos en las urnas, donde suelen tener mayoría. Y por supuesto tampoco les venceremos en la universidad, de la que se vienen apropiando desde hace mucho tiempo. No les convenceremos con la palabra. La ignorancia del vulgo no atiende a estas sutilezas, pues forma parte de su condición el rechazar cualquier tipo de lógica. En lo tocante a los asuntos más esenciales, el hombre nunca se ha dejado convencer por nadie. Nunca ha dado su brazo a torcer de forma voluntaria. Cuando lo ha hecho es porque no le ha quedado más remedio. Y será precisamente esa circunstancia irremisible la que también dará la victoria a los liberales cuando llegue el momento de acometer la última de las batallas. La victoria, en ese caso, será sin duda un triunfo tecnológico. Esto ya ha ocurrido en menor grado en otros periodos de la historia. La revolución industrial fue más una consecuencia del descubrimiento del carbón y la invención de la máquina a vapor, que del escaso éxito que pudieron haber cosechado los goliardos en su dura oposición al régimen feudal. Y aunque el desarrollo de la técnica que trajo dicha industrialización también contribuyó de alguna manera a nutrir de armas y de motivos a la revolución rusa y a las guerras mundiales, al final terminó primando la democracia y la paz.

Con esto no quiero decir que debamos renunciar a las ideas, esto es, a la manera con la que los liberales nos expresamos y luchamos intentando convencer a los políticos y economistas keynesianos para que depongan su actitud. Las ideas tienen un valor intrínseco, y su defensa, cuando es noble y verdadera, es un acto de honestidad que no necesita justificación. Por otro lado, tampoco se puede decir que nuestras consignas caigan siempre en saco roto. Al menos, una pequeña parte de la población se habrá convencido de ellas. Eso vale para abrir una brecha y mantener viva la llama de la antorcha. De todas formas, no es lo mismo que el mundo se vea impelido por el espíritu de la constitución americana que se vea invadido por las ideas que veneran los turiferarios de Fidel Castro o los gorilas de Hugo Chávez. Sin embargo, la guerra no se ganará en el atrio de las universidades o en el ágora de las academias. Se ganará de una forma mucho más sencilla: dejando que sea el curso de los acontecimientos el que haga el trabajo más duro. Es decir, permitiendo que sea la propia evolución del mundo, sus algoritmos y sus desarrollos, la que finalmente haga claudicar a los socialistas. En realidad ya lo está haciendo todos los días. La ley de la evolución otorga más éxito a aquellos individuos que ajustan su comportamiento a la realidad, mientras que deja morir de hambre a todos los que acaban persiguiendo alguna ilusión peligrosa o inútil. Los países que restringen el comercio libre y el intercambio, el movimiento de bienes y personas, la creatividad de sus empresarios y, en definitiva, cercenan y limitan la vida y la lucha que emprenden de manera espontánea sus ciudadanos para salir adelante, acaban desapareciendo más pronto que tarde y, si acaso no se extinguen, quedan conminados a ocupar pequeños emplazamientos alejados del resto de la sociedad. En cambio, aquellas naciones que apuestan por medidas más acordes con la realidad y el funcionamiento de las sociedades, van adquiriendo paulatinamente más habilidades, más éxitos, y se perpetúan al cabo del tiempo.

En este sentido, la ley de los rendimientos acelerados, que afirma que el mundo progresa de manera exponencial y que pronto (en el plazo de unos pocos años) alcanzaremos un punto de no retorno, en el que el bienestar y el desarrollo se dispararán a niveles inimaginables hoy en día, es un añadido de la teoría evolutiva y un principio de la naturaleza que juega claramente a favor del capitalista y el liberal, y que vendrá en su ayuda no tardando mucho. Jamás el éxito tendrá tanto significado como cuando esta ley esté actuando a pleno rendimiento. La última batalla del liberalismo tendrá un escenario futurista.

En su libro, La Singularidad está cerca, el inventor y científico norteamericano Ray Kurzweil nos dice que la progresión de la evolución siempre ha procedido de manera logarítmica: “tendríamos que acabar con el capitalismo y con cualquier vestigio de competencia para parar esta progresión”. Y acompaña esa declaración con algunos ejemplos bastante visuales: “hace medio milenio, el fruto de un cambio de paradigma como fue el del nacimiento de la imprenta necesitó más de un siglo para que fuera ampliamente adoptado. Hoy los frutos de importantes cambios de paradigma, como el caso de los teléfonos móviles y de la World Wide Web son adoptados en periodos de apenas unos pocos años”.

Kurzweil define la Singularidad de la siguiente manera: “es un tiempo venidero en el que el ritmo de cambio tecnológico será tan rápido y su repercusión tan profunda que la vida humana se verá transformada de forma irreversible”.

Pero estos paradigmas no se aplican exclusivamente a la evolución tecnológica, se aplican a todo tipo de evolución. El equilibrio puntuado propuesto por Niles Eldredge y Stephen Jay Gould en 1972 describe el fenómeno de la biología en los mismos términos. Las especies evolucionan a través de periodos de cambio rápido seguidos de periodos de relativa tranquilidad. Según subraya Kurzweil en su libro, estos eventos se corresponden con sucesivos periodos de aumento exponencial del orden y la complejidad, que a su vez coincidirían con alguna adaptación significativa para todas las especies del planeta, una mejora en el diseño de los organismos. Ejemplos de esto son el surgimiento del ADN, la multicelularidad, la bilateralidad, o en el caso de los primates, la evolución del pulgar oponible o el bipedalismo.

En general, el aumento exponencial de la complejidad es un fenómeno global que tiene en la tecnología a su último aliado. Y dentro de ésta, la Singularidad constituye la culminación de todo el proceso, la fusión del hombre con la máquina, y el surgimiento de un mundo que continuará siendo humano pero que trascenderá nuestras raíces biológicas. El universo acabará saturándose de inteligencia. Ese es su destino. Así de lapidarias son las afirmaciones que realiza Ray Kurzweil en su libro.

Hay muchos factores que contribuyen al avance exponencial de la tecnología. La reducción del tamaño de los transistores disminuye progresivamente la distancia que hay entre cada uno de ellos, acortando de ese modo el espacio que deben recorrer los electrones e incrementando en la misma proporción la velocidad de ciclo de los semiconductores. Su menor tamaño aumenta también el número de puertas lógicas por unidad de superficie, y reduce el calor residual que produce el flujo de electrones y que constituye también un problema para el funcionamiento de los chips. Y al mismo tiempo estas mejoras disminuyen el coste de fabricación y el precio del producto final, con el consecuente aumento de la demanda y la inversión en nuevas tecnologías. Todo esto da lugar a varios feedback positivos. La propia tecnología mejorada ayuda a su vez a los investigadores en el desarrollo de nuevas formas de mejorar la producción y la efectividad de los dispositivos. Como consecuencia de todo esto, los beneficios para la industria y la sociedad en general se dejan sentir en el plazo de unos pocos años. Esto es lo que ha llevado a Ray Kurzweil a afirmar que “…el crecimiento exponencial subyacente de la economía es una fuerza mucho más poderosa que las recesiones periódicas. Y lo que es más importante, las recesiones, incluidas las depresiones, representan solo desviaciones temporales respecto de la curva subyacente. En cada caso la economía termina por estar en el mismo lugar en el que estaría si la recesión no se hubiera producido.”

Todo esto no quita importancia al trabajo que han hecho los liberales en el plano ideológico, o los ejércitos y los soldados en el plano militar. Seguramente, sin su ayuda, los países habrían derivado hacia una dictadura hegemónica de corte universal. La Unión Soviética habría invadido Europa. El islamismo estaría amputando clítoris a diestro y siniestro en todas las regiones del mundo. Y el comunismo chino proveería de alimentos a los niños de América y Asia que el propio régimen se habría encargado de empobrecer. Digamos que los intelectuales del liberalismo han abonado el terreno para que, en última instancia, puedan emerger y mantenerse unas instituciones y un marco legislativo apropiados para el advenimiento de la tecnología y la singularidad final, la cual será la encargada de dar la última puntilla al socialismo y el comunismo decimonónicos. Los liberales mantiene las tensiones con los estatistas, conservan las tradiciones inglesas que derivan de la revolución de 1688, transmiten las ideas de John Locke en materia de libertades, y acaban propiciando un progreso lento pero continuo, lastrado por los partidarios del comunismo, pero al mismo tiempo animado por las ideas de los librecambistas, un progreso que en última instancia deriva en un sistema capitalista moderno y un desarrollo competitivo bajo el cual los enemigos de la libertad tienen cada vez menos papeles que desempeñar.

El ludismo fue un movimiento obrero que apareció en Inglaterra a raíz del odio que muchos trabajadores tenían hacia las nuevas máquinas de coser (los telares industriales) que, según ellos, destruían empleo y les dejaban sin trabajo. Si les hubiéramos hecho caso, hoy en día seguiríamos vistiendo harapos llenos de remiendos. Gracias a las máquinas, la ropa dejó de ser un artículo de lujo. En realidad, el movimiento ludita no es más que otra manifestación del socialismo, otra disculpa para controlar e intervenir la economía, retrasar los avances, y beneficiar así a las clases mejor asentadas. La mayor pesadilla del ludita es despertarse un día y encontrar un mundo lleno de robots, donde los hombres ya no tendrán que trabajar más y donde todo estará perfectamente organizado al efecto de conseguir el mayor bienestar y la mayor satisfacción posibles. Esta visión de futuro no es una utopía imposible, ni tampoco es una distopía. Sencillamente es un resultado lógico de la evolución humana. No es una solución irremisible, pero si es bastante probable. En el futuro seremos más y seremos mejores. Viviremos con más salud, mejoraremos nuestra calidad alimenticia, y seguramente prolongaremos nuestra vida por un tiempo casi ilimitado. Pero los luditas piensan que las máquinas son perjudiciales en cualquier caso. No les gusta tener que hablar con un surtidor cada vez que llenan el depósito de gasolina, o con un contestador automático cuando llaman a una empresa buscando información. Creen que las máquinas destruyen puestos de trabajo. En realidad no se equivocan. Por supuesto, el número de empleados de gasolinera habrá disminuido con el tiempo, y aquellos que hubieran tenido esa profesión toda su vida saldrán ciertamente perjudicados. Pero como dijo Bastiat, hay muchas cosas que no se ven. No se ve el beneficio económico que conlleva la automatización del mercado para todos los consumidores, o la bajada del precio de los productos como consecuencia del ahorro de salarios. Estos beneficios son infinitamente mayores que los perjuicios locales que sufren algunos sectores obsoletos. Las máquinas perjudican a los lobbies y grupos de presión que desean obligar al resto de la población a consumir unos productos determinados, con tal de que ellos se perpetúen en sus puestos de trabajo por tiempo indefinido. Pero en cambio benefician enormemente al resto. Mejoran la vida de las personas y contribuyen a crear una sociedad más libre y competitiva, sin presiones de ningún tipo, sin grupos privilegiados y sin estafadores sindicales.

Muchos agoreros ignorantes tienen miedo de que los robots acaben suplantando a la raza humana. No se dan cuenta de que más bien seremos nosotros los que iremos transformándonos poco a poco en robots. Los robots jamás nos arrebatarán por la fuerza nuestro puesto laboral o nuestro lugar en la Tierra. Convivirán con el ser humano, serán su herramienta de trabajo, y le facilitarán la vida enormemente. Tendremos robots que harán las tareas que a nosotros nos resultan más extenuantes. Uno será más o menos rico en función de los robots que tenga a su cargo. Comerciaremos con ellos, los alquilaremos, nos enriqueceremos a su costa, y en última instancia nos convertiremos en ellos. Ya lo somos en cierta medida, somos máquinas biológicas. Pero aún debemos trascender esa base material (bioquímica) de la que estamos hechos. Nuestros sistemas vitales son mucho más ineficaces. Algún día seremos capaces de diseñar unos órganos mucho mejores.

Jamás existirá una lucha entre el hombre y el robot, como plasman muchas películas de ciencia ficción. Los robots no serán una especie distinta, serán nuestra especie evolucionada y modificada por la tecnología. La robotización tampoco traerá el comunismo, como se advierte en algunas distopías y novelas del género. Más bien será hija del capitalismo, la competencia y el liberalismo.

Cualquier sistema de la naturaleza (y por supuesto también las máquinas del futuro) puede ser dividido en tres componentes diferentes,  una fuente de energía, un engranaje interno y un interfaz. Por ejemplo, el cable que va a la pantalla de un ordenador es su fuente de energía. El cañón de electrones que producía la imagen en la pantalla de los antiguos televisores, y la circuitería interna que ordenaba la información a tal efecto, constituyen un ejemplo de engranaje. Y la pantalla y el teclado de los actuales ordenadores forman parte del interfaz que permite que la máquina se relacione e interactúe con el exterior. Igualmente, los seres humanos también podemos ser divididos en los mismos elementos. Dentro de nuestras células hay una maquinaria que produce energía (mitocondrias), otra que se encarga de procesar la información (ej. Histonas que empaquetan el ADN) y una tercera que conecta todo el sistema con el exterior (ej. proteínas y moléculas que actúan como receptores en la membrana lipídica). En todos estos casos, cuando nos fijamos en las posibles mejoras que pueden implementarse en los sistemas mecánicos, tenemos que acudir a analizar alguna de esas tres partes.

Por suerte, existen algunos materiales tan prodigiosos que son capaces ellos solos (con la consabida investigación) de producir avances y mejoras en los tres campos arriba citados. Entonces, consideramos a estos materiales verdaderas joyas de la química; ambrosías de la naturaleza. El grafeno es uno de ellos, tal vez el más importante de todos. Actualmente, se están fabricando baterías con este material que quintuplican la capacidad de las actuales. Igualmente, el grafeno es la esperanza de futuro en lo que a procesadores se refiere. Cuando alcancemos el límite de tamaño en el uso de los chips actuales (estamos llegando a ese límite), el grafeno podrá alargar el proceso litográfico (la técnica de fabricación y reducción de los transistores, las unidades mínimas fundamentales de un procesador) mucho más tiempo. Finalmente, el grafeno también traerá una revolución semejante en el ámbito del interfaz. El grafeno puede llegar a ser un material más duro que el diamante y también bastante más liviano. Muchas de las estructuras que utilizarán los robots para interactuar con el entorno en un futuro cercano estarán hechas de grafeno o de algún material similar (con base carbónica). No obstante, todavía tendremos que esperar algunos años para ver estos adelantos. El grafeno tardará algunos lustros en llegar a los mercados y convertirse en un producto comercial disponible en todas las tiendas.

Hoy en día el interfaz de los robots se encuentra en una fase de desarrollo bastante avanzada. Tenemos esqueletos robóticos de todo tipo. Disponemos de materiales que pueden hacer las veces de músculos, huesos y articulaciones. Existen en el mercado máquinas que se mueven igual que las gacelas, y que no pierden el equilibrio cuando son sometidas a golpes y patadas. El problema más acuciante tiene que ver con las otras dos clases de componentes, las fuentes de energía y los engranajes internos. Las baterías que hemos desarrollado hasta ahora todavía son muy precarias. Apenas dan para algunos minutos de autonomía si tienen que mover una máquina de un tamaño similar al hombre. Y no digamos ya los engranajes y las circuiterías internas. Los procesadores que suplen a los sentidos y sustituyen el cerebro de una persona apenas pueden dirigir a los robots a través de un entorno natural. Ningún robot puede todavía moverse con éxito en un hábitat urbano. Pero todo esto mejorará a medida que nos acerquemos en los próximos años a la singularidad tecnológica.

En las próximas décadas veremos cómo se solucionan todos estos problemas técnicos. Entonces, también quedará resuelto el problema de la política. Las baterías permitirán una autonomía de días, y el hardware de los robots conseguirá procesar toda la información proveniente de los sentidos y necesaria para desenvolverse con soltura en el mundo. Y ningún país querrá tener un gobierno socialista, nadie en su sano juicio estará dispuesto a sacrificar su vida para defender una causa y unas ideas que le condenan irremisiblemente a una vida de decadencia, comparativamente mucho peor que la que entonces llevaremos. A medida que la civilización avance, el contraste entre aquellos individuos que decidan abrazar las falacias económicas que hoy están a la orden del día, y aquellos otros que adapten su vida a la realidad y las nuevas tecnologías, será cada vez más evidente, y en consecuencia disminuirán las ganas de perseverar en el atraso. La evidencia aplastante hará que la balanza caiga del lado de los liberales. Y los pocos que aún se nieguen a abrazar la civilización, acabarán extinguiéndose de forma natural, o quedarán encerrados en pequeños guetos, concentrados en algunas colonias aisladas en la montaña; insignificantes.

El único peligro real es que alguno de esos lobos solitarios haga uso de las facilidades que le ofrece el mundo moderno para utilizar la tecnología al objeto de provocar una hecatombe (ej. incitando a enjambres de nanobots replicantes para que destruyan el planeta). Pero incluso esto es poco probable. El mundo también sabrá blindarse en materia de seguridad. No obstante, hay que ser conscientes de que siempre quedará algún residuo de amenaza.

Es difícil saber exactamente cuando llegará la singularidad tecnológica. Algunos afirman que nuestra generación será la primera en poder disponer de las herramientas que nos den acceso finalmente a la vida eterna (el propio Kurzweil es muy optimista a este respecto). Nuestra memoria podrá disponer de varias copias de seguridad, y nuestro cuerpo constará de un material casi indestructible. No obstante, parece que hay aquí un claro sesgo de confirmación. Es un poco sospechoso que aquellos mismos que pronostican todos estos adelantos sean los primeros que se beneficien de ellos (Kurzweil ya tiene más de sesenta años). Parece que ese límite esté colocado ad hoc, para que los que se emocionan hoy pensando en todas estas posibilidades alcancen in extremis la inmortalidad. Además, nunca les he oído hablar de los posibles problemas que puede tener su teoría. Aducen que el universo se llenará de vida inteligente en el plazo de unos años. Pero el Sol es una estrella de segunda generación. Antes han existido millones de astros semejantes. Sin embargo, el universo que vemos está completamente vacío de vida. Al menos hasta donde conocemos, nunca ha habido una civilización con la capacidad suficiente como para superar la singularidad y extenderse por el cosmos. Esto puede tener varios motivos (por ejemplo, que la Tierra sea el único planeta con vida en todo el universo). Pero hay que tener también en cuenta que uno de esos motivos puede ser algún tipo de cuello de botella o imposibilidad material que desconocemos y que haría inviable un progreso de esa escala.

En cualquier caso, ya sea que consigamos colonizar toda la galaxia o que solo nos quedemos a medio camino, el porvenir acabará llegando de una u otra manera, y lo hará del modo que siempre lo ha hecho, seleccionando aquellos especímenes que hayan sido capaces de sobrevivir. No hay alternativas. Toda esta discusión sobre el futuro de la humanidad resulta en un debate un tanto inútil cuando se trata de elegir al mejor político. La progresión geométrica que nos acerca cada vez más rápido a la singularidad tecnológica parece prácticamente imparable, y es independiente del tipo de gobierno que dirija el destino de los países (evidentemente, siempre dentro de una cierta normalidad democrática). Esa elección política tiene un peso relativo sobre la vida de los ciudadanos (como hemos visto, las recesiones económicas producen actualmente una desviación despreciable en la curva ascendente del progreso social), y dicha influencia solo durará los años que quedan para alcanzar el paradigma, que al parecer no son muchos. Al socialista le queda poco tiempo para seguir conteniendo el progreso. Pronto este se disparará de manera imparable. El socialismo, al ser un sistema que promueve el hambre y la muerte, tiene la batalla perdida desde el primer momento. Cuando los humanos trascendamos la biología, también dejaremos atrás el socialismo. Ninguno de sus adeptos sabe su futuro. Luchan animados por las ideas del marxismo, porque creen que forman parte de una clase social llamada a vencer al enemigo burgués. Sin embargo, en la lucha de clases que ellos pronostican, no serán los obreros los que tengan la última palabra. Serán los tecnócratas, los científicos, los liberales, y en general todos aquellos que creen que el enemigo principal es el estatista, el ludita o el tecnófobo, y en ningún caso el empresario o el robot.

Posdata: Se me ha reprochado que sea demasiado optimista. Comparto algunas de las dudas que tiene la gente en relación con este tema. Al final del artículo indico que pueden existir cuellos de botella que desconocemos y que impedirían de alguna manera el progreso de la tecnología. Lo de colonizar la galaxia implica además otros problemas relativos a la naturaleza del espacio.

No obstante, si soy optimista no es porque crea que van a desaparecer todos los problemas, sino porque pienso que el totalitarismo y el socialismo, al estar basados en una felonía, tienden a mitigarse a medida que progresa la sociedad y dependemos cada vez más de las habilidades reales y del conocimiento verídico de nuestro entorno y de nuestro ser.

Las razones son varias:

– La tecnología facilita la vida de las personas, aumenta el bienestar, y reduce las inestabilidades y protestas que surgen como consecuencia de la pobreza, el hambre o la envidia.

– La tecnología requiere de una organización social más compleja y refinada, que solo se puede mantener si se implementan sistemas encaminados a respetar las instituciones y la libertad de las personas, y tendentes a construir una paz más duradera.

– La tecnología facilita el acceso a la educación y aumenta la comprensión de los seres humanos. Nos pone sobre la pista de las verdaderas causas que motivan la riqueza y el progreso.

En la medida en que la tecnología sea el resultado más claro del progreso, y no solo su causa, es obvio que también será una señal inequívoca y una garantía de todo ese desarrollo.

No obstante, soy consciente de los peligros que entraña dicho futuro. Todo en la vida implica alguna clase de riesgo. Pueden surgir hecatombes que ni siquiera somos capaces de imaginar. Sin embargo, la tendencia general no es esa. Este artículo ha querido analizar sobre todo la naturaleza básica de las fuerzas que están detrás de todo progreso, la cual es siempre una naturaleza positiva y favorable.

http://elreplicadorliberal.com/2016/02/05/la-singularidad-tecnologica-la-ultima-batalla-del-liberalismo/

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